LA CRISIS DEL DÓLAR Y EL PROBLEMA DE LA DEPENDENCIA

Economía

La corrida cambiaria puso contra las cuerdas al gobierno y reveló, una vez más, la vulnerabilidad del país y la endeblez de su proyecto económico, basado en las mismas políticas que ya fracasaron en el pasado.

 

El martes pasado el gobierno consiguió gambetear el abismo y apaciguar momentáneamente la crisis del dólar, que había escalado casi un 20% en las últimas tres semanas. La calma llegó con la renovación del enorme stock de lebacs en circulación, producto de una combinación de medidas de emergencia: la negociación para la vuelta del FMI; la fuerte venta del BCRA para marcar un techo en los $25 (viene ofreciendo USD $5.000 millones diarios); la inversión de USD $3.000 millones de dos megafondos cercanos al Ministro de Finanzas Luis Caputo, en nuevos bonos públicos; el regreso de la venta de futuros (¿qué hará Bonadío?); y una tasa de interés récord mundial, superior del 40% anual. Pasada la tormenta, el Presidente intentó dar un mensaje de calma y de “crisis superada”. No obstante, los acontecimientos dejan mucha tela para cortar.

En primer lugar, la crisis fue autoinflingida por las propias políticas económicas del gobierno. Primero, una típica megadevaluación de shock en diciembre de 2015 (salida del cepo), a la que siguió rápidamente una inflación galopante e imparable que superó el 40% en 2016 y se encargó de generar nuevo atraso cambiario y pérdida de competitividad. A su vez, la liberalización del comercio exterior disparó las importaciones de bienes de consumo final, produciendo un déficit estructural de balanza comercial, que impide la financiación con dólares genuinos.

Luego, un déficit fiscal que pasó de cubrirse con emisión y deuda interna, a financiarse con endeudamiento externo a tasas altas, haciendo crecer exponencialmente la relación deuda/ PBI. Por su parte, el excedente de pesos emitido por el BCRA y gastado por el Tesoro, fue absorbido mediante lebacs a una tasa de interés altísima, situada por encima de la inflación y de la tasa de devaluación.

A ello se sumó la eliminación de los controles cambiarios y la liberalización del movimiento de capitales que, en suma con el atraso cambiario, produjeron una “lluvia” de inversiones financieras, especulativas -no productivas, como las pretendidas por el gobierno-, que profundizaron el atraso cambiario.

El modelo del “carry trade” instaurado por el gobierno de Macri –traer dólares, cambiarlos a pesos, ponerlos a tasa altas en lebacs, cambiar a dólares, fugar las ganancias-, que no es otra cosa que la “valorización financiera” ya experimentada durante las gestiones de Martínez de Hoz y Menem – Cavallo - De la Rúa, no hizo más que enriquecer enormemente a grupos inversores extranjeros en los últimos dos años y medio. En cuanto las condiciones internacionales se modificaron, esos capitales comenzaron a retirar sus posiciones en pesos, provocando una corrida imparable que casi desangra al país.

En segundo lugar, lejos está la Argentina de haber superado estructuralmente la crisis. En efecto, lo sucedido en las últimas semanas fue ciertamente grave y puede que el gobierno no pueda resistir un nuevo embate del “mercado” contra el peso. Los fundamentos de la macroeconomía actuales son altamente preocupantes. La deuda externa en relación al PBI continúa creciendo, al tiempo que aumenta el riesgo país y la tasa de interés a la que nos prestan dinero del exterior; la inflación continúa alta y la crisis del dólar no hará más que agravarla, con sus consecuencias en el bolsillo de la gente; la renovación de lebacs (deuda interna) se sostuvo solo al costo de pagar las tasas más altas del mundo, amén de que hace tiempo representan una bomba a punto de estallar que supera largamente la base monetaria; el dólar se sigue fortaleciendo a nivel mundial, lo que podría producir nuevas fugas especulativas de capitales extranjeros; el déficit de balanza comercial no se subsanará mientras no se generen condiciones genuinas para la exportación y se pongan barreras a la importación de bienes de consumo final; el acuerdo con el FMI para un préstamo stand by no hace más que provocar incertidumbre alrededor de las obvias “condicionalidades” que seguramente se impondrán y supondrán mayor ajuste –como ha ocurrido durante toda la historia argentina-; por todo lo anterior, la viabilidad política del gobierno ha quedado asimismo muy cuestionada.

Por último, cabe la reflexión más profunda acerca de la viabilidad económica de los proyectos liberales, que insisten, con diferentes caras y discursos,  en poner el eje en modelos de dependencia económica externa, a contramano de los principios que pregona el justicialismo.

En efecto, creemos que lo más grave de lo que aconteció, es una nueva evidencia de lo frágil y vulnerable que resulta ser la República Argentina cuando se apuesta por la apertura comercial indiscriminada, la liberalización financiera y cambiaria y el endeudamiento externo, en cualquiera de sus formas. La exposición a la dependencia del exterior genera que, ante cualquier evento que no depende de la voluntad soberana del Estado Argentino y que repercute en movimientos de capitales transnacionales especulativos,–como la suba de la tasa de interés por la Reserva Federal de los EEUU, la suba del petróleo, las barreras comerciales impuestas por el gobierno norteamericano, la calificación de la deuda argentina por los propios grupos inversores internacionales- se produzcan rápidas corridas contra la moneda local y consecuentes crisis económicas. Así ha ocurrido reiteradamente en las últimas cuatro décadas.

La experiencia histórica de los últimos ocho años del país, nos marca que tampoco la implementación de restricciones al dólar –el tan trillado “cepo cambiario”-, se ha revelado como una medida efectiva y sostenible en el tiempo para solucionar el frente externo. Fundamentalmente, por su alto costo en términos políticos. No obstante, aún a pesar de las limitaciones que tuvo el modelo económico del último gobierno de CFK, lo cierto es que la ex mandataria logró “leer” mucho mejor la actual coyuntura internacional que su par de Cambiemos, quien insiste en recetas liberales de apertura, a contramano de lo que ocurre en un mundo que tiende a “cerrarse”.

De cualquier modo, es posible que el problema estructural de la Argentina, -tal vez desde el segundo gobierno de Juan Domingo Perón-, continúe siendo su escaso desarrollo productivo y su deficiente inserción en el mundo. En efecto, la alta dependencia externa en insumos, bienes de capital y productos finales, conduce a altos niveles de vulnerabilidad en épocas de bajos precios de nuestros exportables –cosa que viene sucediendo desde el año 2011-, generando un déficit permanente de balanza comercial que solo es subsanable coyunturalmente mediante restricciones al dólar o endeudamiento externo. Lo que queda claro es que este problema de ningún modo se soluciona aplicando, una vez más, las mismas recetas que ya fracasaron en el pasado y que nos condujeron a los peores capítulos de nuestra historia.

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