Cuba: los nuevos desafíos de la revolución

Política

 

La transición política cubana finalmente se concretó y Miguel Díaz-Canel, ingeniero electrónico de 58 años y una larga carrera en la burocracia estatal y la militancia del Partido Comunista, fue elegido como nuevo Presidente de Cuba y sucesor de Raúl Castro.

Más allá de la novedad del hecho de que, 58 años después, Cuba será formalmente gobernada por una persona que no lleva por apellido Castro, lo cierto es que el propio Díaz-Canel se ocupó de aclarar en su asunción que el poder real seguirá en manos de Rául, quien “encabezará las decisiones de mayor trascendencia para el presente y el futuro de la nación". No obstante, cierto es también que esas decisiones representarán una continuidad del proceso de transición, reforma y “actualización” (como gustan llamar los cubanos) económica y social que Cuba encaró, fundamentalmente, desde la salida de Fidel del poder, en el año 2006.

Casi tres décadas después de la caída de la URSS y el auge del “Período Especial” –con la consecuente debacle de las exportaciones azucareras y del modelo económico anterior-, y luego de las sucesivas oleadas reformistas que se encararon, la sociedad cubana se ha convertido en un mosaico de situaciones económicas dispares, que ponen en peligro, en el largo plazo, el aún sólido y ampliamente promovido imaginario social de la igualdad.

Desde salarios estatales desfasados e insuficientes (en promedio 500 pesos cubanos mensuales) y una libreta ciudadana que permite el acceso a una canasta también escasa de alimentos básicos, hasta la formación de una nueva pequeña burguesía ligada al comercio privado interno que ha sido progresivamente flexibilizado (restaurantes, bares, almacenes, importación de bienes de consumo), pasando por los beneficiarios de remesas externas y una enorme economía cuentapropista vinculada al turismo, que va desde “changas” (venta de productos típicos o eventos culturales) hasta negocios más rentables (transporte automotor y alquiler de habitaciones). Todo lo cual ni mucho menos empaña los increíbles logros en relación al acceso a la educación, a la salud -reflejado en la esperanza de vida de la población- y a la vivienda -resulta difícil encontrar barrios de emergencia en la isla-, que “desmercantilizan” la vida cotidiana y garantizan el acceso a un piso mínimo de dignidad e igualdad que es incluso envidiable para las principales potencias del continente americano.

Otro tanto cabe destacar en relacion a la seguridad pública, la baja criminalidad y la insignificancia del narcotráfico. Entre los principales desafíos que deberá encarar Díaz-Canel, se imponen la unificación monetaria (entre el peso nacional –CUP- y peso convertible –CUC-), y el reposicionamiento internacional de la isla en un contexto de retroceso de las relaciones con EEUU debido a la asunción de Trump (prohibición del comercio, continuidad del embargo financiero, retracción del turismo americano) y la crisis económica de dos de los principales socios comerciales –Brasil y Venezuela-, a los cuales Cuba exporta productos farmacéuticos, níquel, azúcar y petróleo. Pero creemos que, sin duda, el principal desafío de Cuba radica en la capacidad de sostener su propia cohesión interna y el nivel de conciencia político-ideológica de su propia sociedad.

Los cubanos han demostrado en los últimos 60 años que un pequeño país, políticamente aislado y con unos pocos recursos naturales, pero rebosante de voluntad y con un sólido compromiso doctrinario con los ideales de igualdad y la solidaridad, puede lograr estándares de vida inimaginables durante toda su historia anterior. Sin embargo, los hechos de 1960 parecen verdaderamente lejanos para buena parte de la población cubana actual y sobre todo, para las nuevas generaciones, nacidas y criadas en el mundo de la globalización digital neoliberal, que penetra a través de los celulares y mediante los más variados poros culturales, como la música y el fútbol.

Si pretende sobrevivir, la Revolución, amén de las transiciones políticas y económicas, deberá realizar esa transición generacional: reinventarse, erigir nuevos héroes, comprender cabalmente las demandas sociales actuales y mutar hacia una fisonomía con la que puedan volver a identificarse sus nuevos intérpretes históricos. Y todo ello intentando no poner en riesgo los pilares del socialismo cubano.

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