Imponer un enemigo como estrategia para gobernar

Política

El método de enfrentar a la sociedad como pilar para mantenerse en el poder.

 

Jaime Durán Barba, el conductor de las campañas electorales del oficialismo,  en su libro  “El arte de ganar”, explica su estrategia con una liviandad que sorprende: “El electorado está compuesto por simios con sueños racionales que se movilizan emocionalmente. Las elecciones se ganan polarizando al electorado, sembrando el odio hacia el candidato ajeno (…) Es clave estudiar al votante común, poco informado, ese que dice “no me interesa la política” (…) El papel de los medios es fundamental, no hay que educar a la gente. El reality show venció a la realidad…”

En el transcurso de este año, gracias a la manipulación de la información ejecutada por Cambiemos, el término “mapuche” se ha convertido en mala palabra para cierto sector de la sociedad. Un -no tan actual- rival interno a quien atacar, por motivos desconocidos por la mayoría; pero la sociedad argentina obediente, cual perro de Pávlov, reacciona al estímulo de las noticias con sumisión y odia, cuando y a quienes los medios indican que es necesario odiar, mediante una lenta pero constante instalación del nuevo enemigo. Un enemigo que nunca cambia, sino que se amplía, siempre hacia el lado de las minorías desprotegidas. Los maestros, los trabajadores, los defensores de los derechos humanos, ellos también siguen estando del lado de los llamados agresores, todos en contra de un gobierno que “no les iba a quitar nada de lo que ya tenían”.

Así, la sociedad desinformada y atemorizada por ese enemigo que acecha, responde con violencia y apoya la represión y la muerte en manos de las fuerzas de seguridad -cada vez más inseguras- ello, siempre y cuando los aparatos de control social del estado sigan manteniéndolos al margen, cosa que sólo ocurre con una sociedad servil, que observa pasivamente cómo son cercenados sus derechos sin oponer resistencia alguna.

Pero cuando el pueblo sale del letargo que permite su opresión, es cuando el aparato punitivo del estado comienza a ejercer su rol. Se trata de una criminalidad seleccionada, por supuesto, por quienes detentan el poder y legitimada por aquellos que gozan de los beneficios que el mismo les otorga.

En el derecho penal, existen diferentes teorías tradicionales acerca de la finalidad de las penas que Cambiemos parece tener muy presentes, aunque distorsionadas: La teoría de la prevención general negativa, propone que el cumplimiento de las normas se encuentra –en principio- garantizado por la coerción o la amenaza de sanción que una conducta contraria traería aparejada. Dicho en otras palabras, los sujetos se abstienen de llevar a cabo el comportamiento prohibido por temor a que se les aplique una sanción. El escollo se presenta cuando la sanción no es la establecida en el sistema normativo, sino el uso de la fuerza por parte de las herramientas que el estado utiliza como seleccionadoras de criminalidad: las fuerzas de seguridad.

Finalmente, llegamos a un cóctel explosivo que cuenta con varios actores: un pueblo cohibido que no se manifiesta, cuya opinión se encuentra sistemáticamente cooptada por los medios de comunicación monopolizados por el discurso oficialista; que machacan a diario las cabezas de “los simios con sueños racionales”, los poco informados, que a modo de defensa contra “los malos”, se aprenden el libreto a la perfección.

Del otro lado de la ya famosa grieta, está el pueblo consciente, que lucha por mantener la justicia social -una meta que por supuesto, no alcanzó su plenitud durante los gobiernos anteriores, pero aún así es innegable que las políticas implementadas durante el kirchnerismo permitieron achicar la brecha socioeconómica existente gracias a aquellos derechos adquiridos que hoy dejaron de serlo-. Éstos son los criminales actuales, hacia quienes las balas van dirigidas.

Hoy, el enemigo de turno se encarna en la comunidad mapuche, una lucha de tierras vs. negocios millonarios que ya se cobró la vida de Santiago Maldonado, quien se sabe murió por asfixia por sumersión, en medio de un operativo de represión de la Gendarmería Nacional –causa que sigue su trámite y continúa caratulada como “desaparición forzada”-. Más recientemente, la incansable represión que el gobierno ejerce sobre estos adversarios, le arrebató la vida a Rafael Nahuel, cuyo homicidio es mucho más claro: no caben dudas de la responsabilidad de la Gendarmería, incluso con el beneficio de la duda a su favor, como lo afirmó la vicepresidenta Michetti, mostrando una falta de conocimiento de los principios que rigen el sistema de garantías penales no sólo de nuestro país, sino establecido por las normas internacionales. 

Testigos de la represión expresaron en una nota a Página 12: “Estábamos reunidos y de golpe escuchamos ‘Prefectura, alto ahí, al piso’ y directamente empezaron a tirar a matar. Ahí hicimos uso de la autodefensa y respondimos con piedras. Ya teníamos tres caídos, nos dimos cuenta que rebotaban las balas por todas partes. En ese momento se escuchó un grito y cayó el peñi (Rafael Nahuel). Decía ‘no puedo respirar’. Se le había cerrado el pecho, el orificio de la bala 9 milímetros estaba en la espalda y le salió por el pulmón aunque no del todo, se veía hinchado, quedó agonizando como 15 minutos. Le hicimos reanimación pero ya estaba pálido. Cuando llegamos a la ruta se apostaron y lo dejaron hasta las once de la noche tirado como un perro. Esos asesinos se fueron en varias camionetas.

El enemigo es claro, pero sabe bien que se mantiene oculto mientras el pueblo continúe fragmentado. Esa es su estrategia, y la lleva a cabo a la perfección. 

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