La tarea pendiente

Política

Columna de opinión

 

El redactor de estas breves líneas ha salido de viaje por unos días, luego de meses de una extensa y laboriosa campaña electoral. Cabeza en blanco, mente despejada, y un regreso al lugar de siempre.

Atina a abrir algunos portales web masivos, para ponerse en autos. Lo abruman los enormes titulares del fútbol pago de fin de semana, nacional e internacional. Los sobornos en la FIFA denunciados por Burzaco que “involucrarían” a funcionarios del gobierno anterior. Las más recientes hipótesis hollywoodenses que resuelven el caso Nisman. Las últimas pruebas y testimonios que “complican aún más a Amado Boudou”. Y los más flamantes episodios del explosivo culebrón epistolar peronista. Nuevos atracos, perfectos atentados, bien iluminados.

En el plano de las noticias “sobre la realidad”, el presidente Macri presenta un proyecto de ley para reducir la planta de empleados públicos. La propuesta se suma a la oleada de reformas legislativas en marcha, que incluyen la precarización de las indemnizaciones contra despidos, la modificación a la baja de las actualizaciones jubilatorias, nuevas reducciones de impuestos a las empresas y nuevos tarifazos para la gente. Un museo de grandes novedades.

En tanto, dirigentes de la histórica CGT se avizoran curiosamente refugiados en lejanas latitudes europeas. “Hoy a la política la ordena la cárcel”, piensa el redactor. Y luego, lo obvio: ¿Cómo nos permitimos llegar a esta situación? ¿Quién pensó que este resultado podía ser bueno para algo, o para alguien?

Enciende el redactor la tele en canal habitual intentando encontrar alguna voz afable, pero no logra sintonizar al ¿acaso único? periodista crítico que restaba en dicho medio. El periodista ha sido recientemente despedido.

Las palabras del Dr. Zaffaroni en el Congreso de la Nación arriban mediante un encriptado mensaje en cadena de “messenger”, proveniente de una compañera. El ex ministro de la corte suprema cavila, en medio de un casi total autismo informativo, sobre exfuncionarios detenidos descalzos y despeinados en su casa, que ni tan siquiera han podido tomar conocimiento del motivo de su imputación.

Atormentado, el redactor cierra los portales, apaga la TV, deja el celular, y reflexiona (una vez más) sobre el costo de las derrotas. Revuelve ansiosamente borradores de viejos plenarios militantes y reafirma una vieja convicción de octubre de 2015: la que dictaba que era un pecado y un grosero error darse el lujo de perder la elección presidencial. Fugazmente, recuerda la derrota más reciente, la de la disgregación y la interna que no fue.

Lo que más asombra no es tanto la no discusión (o el cambio del eje de la discusión) sobre el modelo económico. Lo más grave es la velocidad supersónica con que se decantó (también con derrota) la llamada “batalla cultural”. Muy pocos meses bastaron para borrar de la faz de la comunicación argentina, lugares comunes que costó más de una década edificar. Reminiscencias del 55. Métodos de los 90. La fisonomía de la Argentina hasta 2015 parece ser por momentos un borroso recuerdo. La imagen de los exfuncionarios esposados es la fuerza que todo lo entierra.

No hay política transformadora sin proyecto de poder, retoma el redactor. Ni poder sin elecciones. Ni elecciones sin acuerdos, sin negociaciones, sin cesiones. Ceder el 50% menos importante y quedarse con el 50% más importante, decía un hombre que fue grande porque logró entender la naturaleza profunda de la política, esa dialéctica irresuelta entre la obstinación de la voluntad y la tiranía de lo posible.

Un supuesto en la ecuación: en democracia, todos van a elecciones, excepto el enemigo. Como la hidra de mil cabezas de la mitología griega, al enemigo se lo puede dañar, pero siempre se regenera. A la luz de la historia reciente y no tan reciente, está claro que para vencerlo no alcanza un período, ni dos, ni tres. Tampoco es posible vencerlo definitivamente, mediante un Waterloo, o asestándole un golpe mortal. Tal vez sea hora de madurar la noción de que nuestro actual sistema de gobierno, que goza de amplia legitimidad social, resulta incompatible con la política entendida en términos de guerra revolucionaria de liderazgos vitalicios.

Lo feliz, se tranquiliza el redactor, es que el peronismo es, cultural y políticamente, como el ave fénix. Dan fe de ello setenta años de existencia (y de fallidos augurios de defunción). Como reflexionaba semanas atrás un respetado dirigente peronista, la revolución justicialista es permanente. Momentos de avance. Momentos de retrocesos. Siempre en lucha. La herida abierta de la Argentina sigue latiendo.

El desafío, hoy, es la adaptación del hecho maldito del país burgués a una sociedad con una democracia globalizada e institucionalmente consolidada. La discusión es más sobre los cimientos del proyecto político, en dichas condiciones, que sobre su contenido.

El hombre sabio, al que siempre se vuelve, hablaba sobre la necesidad de reactualización constante de la doctrina. El enemigo ya lo ha hecho: ha mutado hacia una nueva forma adaptada a la época. El peronismo, luego de treinta y cinco años de experiencias ambivalentes, aún tiene la tarea pendiente.

Sobre nosotros

El Centro de Estudios Políticos, Sociales y Culturales 25 de Febrero, ubicado en la calle Nicasio Oroño 1682, Ciudad Autónoma de Buenos Aires, es una construcción colectiva que propende a la difusión de la cultura e ideología de orden Nacional y Popular. Su objetivo es la generación de un pensamiento crítico y constructivo que defienda las banderas de un País libre, justo y soberano

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