Los muertos no pagan

Economía

Una deuda a 100 años. Una hipoteca centenaria para el futuro de todos los argentinos.

 

Poco se sabía ayer del nuevo bono cuya emisión se anunció a través de la cuenta de Twitter de Luis Caputo, actual titular del Ministerio de Finanzas. En dicha publicación se pudo leer: "Argentina anuncia una emisión de bonos en dólares a 100 años de plazo", y nada tardó la escandalosa noticia en replicarse en las diferentes agencias de noticias.

Ya hemos dicho que desde la llegada al gobierno de Cambiemos, la deuda duplicó a la registrada al finalizar la última dictadura cívico- militar, alcanzando casi los 80 mil millones de dólares. De acuerdo con el Observatorio de la Deuda Externa de la Universidad Metropolitana para la Educación y el Trabajo (UMET), el endeudamiento que registra el Gobierno de Macri alcanzó los 78.829 millones de dólares en casi año y medio.

Las condiciones de estas constantes tomas de deuda, son incluso más preocupantes que los valores desorbitantes que se exponen: el lunes de la semana pasada, sin ir más lejos, se publicó en el Boletín Oficial el decreto 334, que autorizó la toma de deuda por un monto de hasta 20 mil millones de dólares; un nuevo acuerdo al cual se le aplica el cambio del régimen de protección de bienes del estado -firmado el 11 de enero mediante el decreto 29-, que excluye a los recursos naturales –entre ellos, Vaca Muerta- de la nómina de bienes inembargables por los acreedores.

¿Qué significa esta modificación conocida hace poco tiempo en la que el Ministerio de Finanzas aceptó "la renuncia a oponer la defensa de inmunidad soberana, exclusivamente, respecto a reclamos que se pudieran producir en la jurisdicción que se prorrogue y con relación a dichos acuerdos"? Que los recursos naturales como el gas y el petróleo serán utilizados como garantía de toda la deuda que tomará el país este año, renunciando a lo que se denomina defensa de inmunidad soberana.

Como si esto no fuese suficiente, también se aceptó nuevamente que ante futuras contiendas judiciales con los acreedores, nos someteremos a la jurisdicción de Nueva York y Londres. Una historia ya conocida y padecida por nuestro país.

Cambiemos nada aprendió y nada le importa la larga pelea contra los fondos buitres y el juez Thomas Griesa en defensa de nuestra soberanía.

Aunque todo lo anterior, sólo fue una introducción a la indignante noticia que se conoció en el día de ayer: una nueva deuda se suma a todos estos acuerdos antisoberanos, adicionando el inédito carácter de la perpetuidad. Un plazo de un siglo, es decir, una deuda que deberán pagar nuestros choznos, es decir, los hijos de nuestros tataranietos.

Son pocos los casos en el mundo de países que hayan condenado a tantas generaciones a una dependencia ecónomica como la que esta deuda a un siglo impone: México e Irlanda se encuentran entre los que ya tomaron deuda a tan largo plazo, con tasas del 5.25% en el caso del primero; y de 2.35% para el último, por ejemplo. En el caso de Argentina, se habla de 7.9% anual, un porcentaje muy superior al de los países mencionados. Tasas de interés casi 8 veces superiores a un capital que – como ya se sabe- se utilizará para financiar el déficit fiscal. La suma que se colocará será de 2750 millones de dólares. "Una emisión de este tipo es posible gracias a que logramos recuperar la credibilidad y la confianza del mundo en Argentina y en el futuro de nuestra economía", celebró descaradamente Luis Caputo. 

Como nota de color, los bancos intervinientes en esta operación del siglo serán el Citigroup, Santander, Nomura y el HSBC; éste último, acusado de favorecer la fuga y evasión por 3 mil millones de dólares. 

Argentina, en tan sólo 18 meses, se convirtió en el país emergente que más deuda emitió en moneda extranjera. El cambio nos llevó de ser protagonistas del desendeudamiento más grande de la historia iniciado por Néstor Kirchner, a la triste realidad actual. Y resulta tan desolador este panorama, que sólo se puede desear que en el año 2117 aparezca otro patriota que les recuerde como en aquel histórico discurso ante la Asamblea General de la ONU de septiembre de 2003, que los muertos nunca pagan. 

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